Diez años más tarde, la plaga era la primera causa de mortalidad de los varones norteamericanos entre los 25 y los 44 años. Entre medias y desde entonces, ha habido una evolución positiva en el tratamiento de la enfermedad. El SIDA ya no mata, o al menos, no con la certeza que lo hacÃa al comienzo de su aparición. Quien padece SIDA ahora, padece una enfermedad crónica, que no le exime sin embargo del riesgo de muerte, porque pese a que el avance en la combinación de fármacos antiretrovirales para el tratamiento de los enfermos ha mejorado la calidad de vida de los mismos, este trae consigo numerosos efectos secundarios.
El repudio sigue existiendo y parte de nuestra responsabilidad consiste en procurar que se diluya hasta desaparecer. Por otro lado, estos 30 años que han pasado volando, presentan otra realidad que se nos hace imperceptible a las generaciones más jóvenes. Hay quienes fueron infectados en la madurez y llevan años conviviendo con el virus y hay otros, supervivientes de entre aquellos que se contagiaron hace 30 ó 20 años, que están entrando a formar parte de la primera generación de la tercera edad de seropositivos, que encuentran una doble barrera social: La traÃda por una edad en la que sufren discriminación por parte de un sistema enfermo que les trata como ancianos inservibles y el lastre de una enfermedad que se lleva consigo un considerable gasto sanitario.
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No son los únicos. Aunque en los últimos 10 años el número de infectados ha descendido significativamente en Occidente, existen infinidad de paises donde la información es notablemente inferior a la que nos llega a nosotros. El Africa Subsahariana, permanentemente ninguneada por la conciencia occidental, padece con más virulencia y menos recursos que ninguna otra, la brutalidad de esta termita salvaje que ha hecho añicos tantas vidas, tantos amores, tantos proyectos, tantos sueños. Con el tiempo, se descubrió, que el VIH era el resultado mutante de otros que estuvieron entre nosotros desde mucho antes.