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SIDA: TREINTA AÑOS DESPUES

 

Lleva tanto tiempo entre nosotros, que muchos nacieron cuando ya estaba aquí. Otros, cuando aún no habíamos pisado una discoteca y estábamos aún muy lejos de sufrir nuestro primer desamor empezamos a oir hablar del SIDA en algún lugar del tiempo de los primeros ochenta. Se hablaba de algo que estaba matando a los gays por ser gays. No sé sabía qué era pero caían como moscas. Todo había empezado, decían, en California. A partir de ahí se había extendido como mancha de aceite. Los infectados enfermaban, sus cuerpos se corrompían sufriendo mil calamidades que iban de ulceraciones múltiples en la piel a la demencia en diferentes grados, acabando inevitablemente, tras una sucesión en cadena de fallos en todos los sistemas, con la muerte.

 

 

De bestia aniquiladora de miles de rostros anónimos, pasó a primera plana de diarios y magazines cuando el Hollywood armarizado se vió obligado a salir a la fuerza con la ayuda del último aliento. Entonces, comenzó una auténtica revolución social que avivó la imperiosa necesidad de hallar una forma de acabar con el VIH. Todo comenzó con el anuncio, por parte del U.S. Centers for Disease Control de cinco varones gays con una extraña y aparentemente incurable infección en el higado en la Ciudad de Los Angeles, California. Era el 5 de Junio de 1981. Hace 30 años.



 

La apariencia rosacea de las manchas dejadas en la piel en aquellos que habían desarrollado el Sarcoma de Kaposi, el temido tumor que estampó los rostros de los infectados, llevó a que la prensa comenzara a denominar extraoficialmente la enfermedad como peste rosa, jugando indirectamente también con el hecho de que al principio, los casos conocidos se daban en varones gays sexualmente activos. Al año siguiente de la confirmación de los cinco casos angelinos, la enfermedad pasa a tener nombre propio, Acquired Immune Deficiency Syndrome (AIDS), en español, Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).

 

 

 

 

Diez años más tarde, la plaga era la primera causa de mortalidad de los varones norteamericanos entre los 25 y los 44 años. Entre medias y desde entonces, ha habido una evolución positiva en el tratamiento de la enfermedad. El SIDA ya no mata, o al menos, no con la certeza que lo hacía al comienzo de su aparición. Quien padece SIDA ahora, padece una enfermedad crónica, que no le exime sin embargo del riesgo de muerte, porque pese a que el avance en la combinación de fármacos antiretrovirales para el tratamiento de los enfermos ha mejorado la calidad de vida de los mismos, este trae consigo numerosos efectos secundarios.

 

 

 

 

Y si de efectos secundarios hablamos, también es necesario hablar de los efectos colaterales. Con los años, la aceptación de la enfermedad en términos generales ha traído consigo una desdemonización de los afectados. El pánico y rechazo por temor a contraer un virus sobre el que muchísimos aún están tan desinformados, se ha suavizado en gran medida, aunque aún tenemos que escuchar con cierta frecuencia, como en muchas ocasiones los seropositivos son discriminados incluso con la ley en la mano o sin ella, en el ámbito laboral, personal y sanitario.

 

 

El repudio sigue existiendo y parte de nuestra responsabilidad consiste en procurar que se diluya hasta desaparecer. Por otro lado, estos 30 años que han pasado volando, presentan otra realidad que se nos hace imperceptible a las generaciones más jóvenes. Hay quienes fueron infectados en la madurez y llevan años conviviendo con el virus y hay otros, supervivientes de entre aquellos que se contagiaron hace 30 ó 20 años, que están entrando a formar parte de la primera generación de la tercera edad de seropositivos, que encuentran una doble barrera social: La traída por una edad en la que sufren discriminación por parte de un sistema enfermo que les trata como ancianos inservibles y el lastre de una enfermedad que se lleva consigo un considerable gasto sanitario.

 

 

No son los únicos. Aunque en los últimos 10 años el número de infectados ha descendido significativamente en Occidente, existen infinidad de paises donde la información es notablemente inferior a la que nos llega a nosotros. El Africa Subsahariana, permanentemente ninguneada por la conciencia occidental, padece con más virulencia y menos recursos que ninguna otra, la brutalidad de esta termita salvaje que ha hecho añicos tantas vidas, tantos amores, tantos proyectos, tantos sueños. Con el tiempo, se descubrió, que el VIH era el resultado mutante de otros que estuvieron entre nosotros desde mucho antes.

 

 

Sumergiéndose en el terreno de la rumorología salvaje, apuntan otros a que el virus es el resultado de una conspiración promovida por la OMS, para enriquecer a las multinacionales farmacéuticas con miles de millones de dólares al año en antiretrovirales e investigaciones interminables. Los que más, sólo pensamos que, discusiones peregrinas más aptas para ratos de holganza y realidades históricas desgraciadamente factibles aparte, debemos centrarnos en tres cosas que deben ir de la mano: Cero tolerancia a la discriminación. Un enfermo de SIDA es simplemente un seropositivo y eso no debe afectar ningún nivel de trato; Cero tolerancia al sexo sin protección. No debería haber ningún tipo de discusión al respecto. Y por último, la esperanza de que una vacuna o una cura para la enfermedad, algo que ciertos expertos parecen asegurar que llegará antes que lo primero, no se retrase mucho más, y podamos así ser capaces de cerrar permanentemente una de las páginas más terribles de la historia de nuestra Comunidad, por mucho que no nos haya tocado sostenerla en exclusiva. Te invitamos a ver este documental de cuatro partes:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
 
 
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